El
Cristo de Pasolini se parece mucho al de las palabras de San Mateo;
a quien no se parece nada es al de la tradición del cine religioso,
que es tan antigua como la del cine del oeste o de romanos y que con
tanta frecuencia se confundió con este último. Posiblemente ninguna
historia ha sido contada en tantas películas, pero Pasolini logra desde
la primera imagen, que la pasión de Cristo parezca nueva y a la vez
tan antigua, tan primitiva, tan áspera, tan poco confortadora, como
les debió parecer a quienes escucharon en las voces de los primeros
discípulos, de los testigos presenciales de los hechos de una vida
a la que los siglos y las iconografías han cargado de simbolismos intraspasables.
En rigor, el Jesús de Pasolini no sabe si es Jesucristo, no puede imaginar,
no ya su filiación divina, sino la posteridad inmensa que se acumulará
sobre su débil figura.
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