| Si hay algo con lo que el ser humano tiene que aprender a lidiar es con el apresuramiento. Somos personas ligeras. Vivimos en un mundo de constante cambio. Hay una competencia tremenda. Estamos en una carrera y todos luchamos por conseguir nuestro lugar. No nos gusta hacer fila, no queremos esperar en los restaurantes, nos impacientamos si alguien conduce muy lento y va en frente de nosotros. Cuántas veces no terminamos de decir la palabra de la persona con la que estamos conversando por que nos desespera que no acabe de pronunciar lo que nos quiere decir. Si ya de por sí es muy difícil para nosotros ser pacientes, imagínense cuando se trata de esperar el tiempo en Dios. ¡Más difícil se nos hace! Porque la matemática y el cronometrador de Dios no es la misma nuestra, su reloj es diferente. Creo que no es fácil porque estamos acostumbrados a un mundo donde de alguna manera todo se nos ha facilitado y de alguna manera pensamos que nos lo merecemos todo. Que muchas veces decimos ahora y tenemos las cosas a la mano. Inclusive hay ocasiones que ni siquiera nos damos cuenta actuamos con Dios como niños malcriados o como jefes malos queriendo ordenar el cuándo, el dónde y el ahora.
¿Has tenido alguna vez la oportunidad de ver a un niño haciendo berrinche por que sus padres no pudieron comprarle algo que él quería? Ese niño no entiende de razones, ese niño está encaprichado porque quiere que su deseo sea cumplido al instante y a la mayor brevedad posible. Y cuando te imaginas esta escena seguro que no te das cuenta de que en nuestras vidas, muchas veces nosotros no estamos lejos de actuar de igual o peor manera. Gracias a Dios que es tan paciente, amante y misericordioso con nosotros, que nos considera y no toma en cuenta muchas de nuestras faltas. Aún cuando muchas veces quisiéramos hasta desafiarlos porque no logramos entender qué es lo que está pasando y por qué no recibimos respuesta a esas cosas que estamos pidiendo. Sin embargo algo que nos conduce al apresuramiento es la desesperación. A su vez la desesperación es producida por la impaciencia. La impaciencia la produce el esperar. Porque como dijo alguien “el que espera, desespera”. Sin embargo cuando nuestra vida es manejada por el Señor, cuando aprendemos a depender de él y caminar a su paso, definitivamente tenemos también que aprender a actuar en el tiempo de él.
Quiero que medites en las veces en que has dañado los planes o sorpresas que Dios quería darte en el camino. Cuántas veces nuestra impaciencia ha logrado que estemos a punto de echar a perder todo lo hermoso que estamos por recibir. A veces Dios dice: “a la derecha” y tú te empeñas en querer ir por la izquierda”. Tantas excusas o carencias le presentamos a Dios como pretexto porque tememos, porque nos sentimos incapacitados. Dios diciéndonos: “yo creo en ti, yo te voy a dar las herramientas y la sabiduría que necesitas”.
Tal vez ahora mismo tú estés batallando con mil pensamientos, dudas e incertidumbres. Quizás estés tan agotado física y mentalmente, que ya lo que sientes es un hilito de esperanza que está por quebrarse. Pero Dios dice que no desesperes porque el convierte el llanto en sonrisa, porque justo antes de amanecer es cuando más oscura parece la noche. Yo no puedo decirte cuánto tiempo tardará en contestar, pero si sé que él es muy fiel y que los que esperan en él no serán avergonzados. Muchos tal vez anden burlándose y preguntándose: “¿dónde está Dios? Y con toda la certeza del mundo y una serenidad que sobrepasa todo entendimiento yo puedo decirte que está ahí justo al lado tuyo aunque no lo veas y aún cuando se te haga difícil poder sentirlo. No cometas una locura de la cual luego te arrepentirás. Espera en el Señor, no tomes decisiones impulsadas por presiones, emociones o lo que piensan o digan los demás.
Refúgiate en él, pero te pido, que no dañes eso maravilloso que Dios ha hecho y quiere seguir haciendo en ti.
Él sabe lo que es mejor para nosotros. No siempre nos es fácil entenderlo, pero pese a todo recuerda que él te ama.
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DIOS TE BENDIGA
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