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Junio
del 2003 Tercera Semana
"EL
MATRIMONIO CRISTIANO, PROFECÍA DEL AMOR DE DIOS EN NUESTRO
MUNDO"
Soy consciente
de que este título no es muy propagandístico. Estoy
segura de que expresa una gran verdad y una buena noticia para
nuestra sociedad, no estoy tan segura de que todos los cristianos
bautizados lo entiendan así, y mucho menos de que esta
proclamación atraiga el interés de nuestros medios
de comunicación y de los comentarios dominantes en nuestra
sociedad.
El matrimonio
cristiano es hoy rechazado por muchos como una cautividad. Muchos
cristianos lo recortan y lo entienden a su manera, privándole
de sus rasgos más propios, los más diferenciantes,
los más atractivos y sanadores.
Aunque nuestra
época pretenda ser muy sensible al amor y a toda la gama
de los sentimientos humanos, el amor de Dios despierta poco interés,
resulta demasiado lejano, demasiado vaporoso, poco placentero
y por eso de muy poco interés.
Y sin embargo,
he querido mantener este título porque me parece una buena
manera de expresar la novedad, la grandeza, la riqueza humana
del matrimonio cristiano, las muchas posibilidades de realización
y de felicidad que encierra y que promete para quienes lo acogen
y tratan de vivirlo según los planes de Dios y las enseñanzas
de la Santa Iglesia.
Antes de
continuar conviene ponernos de acuerdo en lo que entendemos por
matrimonio cristiano. No cualquier forma de convivencia entre
varón y mujer puede llamarse matrimonio. El matrimonio
cristiano tiene una naturaleza, unas exigencias y unos objetivos
asignados por Dios y manifestados por N.S. Jesucristo y por la
doctrina de los Apóstoles, que tiene su propia consistencia
y configura la existencia de los que se sienten llamados por Dios
a crecer en la caridad y a santificarse en ese estado y en esa
forma de vida. Podemos decir que en lo esencial el matrimonio,
tal como lo entendemos los cristianos, es:
Un compromiso
entre varón y mujer movido por el amor mutuo, para vivir
juntos, asistirse, ayudarse y transmitir la vida
Jesucristo,
al revelar y comunicarnos el amor de Dios como principio de nuestra
vida personal, asume el matrimonio natural y lo sitúa dentro
del orden de la Alianza y de la santificación.
A partir
de la revelación cristiana, podemos ver con claridad que
el amor es la única forma de relacionarse adecuadamente
entre personas. Dios es amor y nos ha hecho a todos a su imagen
y semejanza para que vivamos libremente en el amor y nos ayudemos
a vivir unos a otros desde el amor y gracias al amor. "El
amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano"
(Juan Pablo II, Familiares Consortio, n. 11).
La vida cristiana
está toda ella atravesada por el amor esponsal de Cristo
a su Iglesia, a la humanidad, a cada uno de nosotros. El Señor
nos ama con un amor gratuito, fiel, irrevocable, más fuerte
que todas las adversidades, un amor que nos recoge y nos acoge
y nos acompaña hasta la vida eterna. El amor entre marido
y mujer realiza y expresa este amor oculto de cristo que fecunda
a su Iglesia y sostiene nuestra vida. Cristo es origen y maestro
del amor del varón a la mujer, la Iglesia, los cristianos
santos transformados por el amor de cristo, son origen y signo
del amor fiel de la esposa hacia su esposo. De este modo el matrimonio
cristiano es como una pequeña encarnación, una realización
doméstica del amor infinito con que Cristo ama a su Iglesia,
del amor con que la Iglesia responde fielmente a Cristo, del amor
secreto y eterno con el que dios nos envuelve y nos mantiene en
el océano de la vida.
La palabra
central de nuestra fe y la convicción más profunda
y más sanadora de los creyentes "Dios nos ama con
un amor gratuito, fiel y misericordioso es vivida y proclamada
de forma convincente e indiscutible por la palabra verdadera del
amor fiel y oneroso de los esposos entre sí, y de los padres
con los hijos y de los hijos con los padres. (Juan Pablo II. F.C.
n.12).
Es cierto
que muchos cristianos se casan sacramentalmente sin barruntar
siquiera estas honduras de su compromiso y de su biografía
matrimonial. Es cierto, y lamentable, que muchos matrimonios sacramentales,
son vividos y celebrados por sus protagonistas como acontecimientos
meramente humanos y casi tal laicos como los celebrados en el
Ayuntamiento, pero esto no es más una prueba de la pobreza
espiritual de muchos cristianos que, por desgracia, son cristianos
de nombre y de costumbre, más que de mente y de corazón.
Cuando varón
y mujer se aceptan ante la Iglesia y ante Dios como marido y mujer,
comienza para ellos una nueva forma de vida caracterizada por
el compromiso y el deseo de vivir juntos y unidos por una relación
de amor, un amor que les viene de Dios y que tiene que ir adoptando
las formas adecuadas en cada momento y en cada circunstancia de
la vida. En un tiempo es sobre todo amor de donación y
de acogimiento, para ir acentuando sus caracteres de generosidad
y fidelidad, más tarde se manifiesta sobre todo como un
amor de plenitud y de sosiego, a la vez es amor de fecundidad
y multiplicación de la vida, amor de ayuda a las nuevas
vidas nacidas de ellos y recibidas como dones de Dios, y se va
haciendo amor de compañía y de ayuda en la debilidad,
amor lleno de ternura y generosidad que acompaña hasta
los umbrales de la gloria y hasta las manos de Dios.
Este es el
evangelio de la cultura dominante, de los medios de comunicación,
de los progresistas de izquierdas y de derechas. No es ésta
la buena nueva del evangelio de Jesús ni la buena nueva
del matrimonio y del amor redimido que la Iglesia anuncia en nombre
de Dios. De esta cultura del egoísmo nacen mil problemas
que nuestra sociedad sin fe y sin amor quiere resolver por medio
del Estado del bienestar, personas solitarias y frustradas, hijos
sin familia interiormente rotos y decepcionados, envejecimiento
de las sociedades, disolución de la felicidad profunda
a cambio de las muchas comodidades exteriores y el vaciamiento
interior de las personas.
El matrimonio
cristiano, mantenido a través del tiempo, el amor fiel
que se recrea y se reafirma cada día por encima de todas
las vicisitudes, está diciendo de forma irrefutable, primero
que en este mundo es posible este amor fiel; segundo, que el amor
verdadero tiene vocación de perpetuidad y tercero que solamente
este amor con voluntad de totalidad y perpetuidad es capaz de
ayudarnos a realizarnos plenamente como personas y a disfrutar
de la belleza de la existencia humana compartida. Todo lo demás
son amores abortivos, insuficientes, frustrantes, decepcionantes.
En el matrimonio
cristiano, se manifiesta y se cumple la fuerza del amor que nos
lleva más allá de nosotros mismos. Los esposos si
se aman de verdad y viven conducidos por la fuerza del amor de
Dios, no pueden cerrarse en el círculo estrecho de su propio
amor y su propia felicidad. Ellos se saben llamados a colaborar
con Dios en la creación de nuevas personas, el amor creador,
el amor vivificador, a semejanza del amor de dios que nos ha hecho
ser a nosotros, es fuente de plenitud y felicidad para los padres,
el mejor clima para el crecimiento sano y feliz de los hijos,
fundamento y clima de la vida compartida y alegre de la familia
entera.
Las parejas
cristianas tenemos que demostrar ante el mundo que es posible
amar, atender, cuidar a los ancianos y a los enfermos, que el
amor desinteresado y sacrificado es fuente de felicidad para el
que lo da y para el que lo recibe. Lo contrario puede llevarnos
a una sociedad completamente deshumanizada, a una situación
de mucha abundancia material pero de profundas y dolorosas carencias
afectivas y espirituales.
CONCLUSION
En esta exposición
he intentado comentar las palabras de Juan Pablo II
Puede ser
que a más de uno todo esto le parezca música celestial,
nostalgias de un pasado irremediablemente perdido, residuos de
un mundo preindustrial y superado. Las familias cristianas se
encargan de demostrar que todo es posible cuando los cristianos
se unen de verdad en matrimonio en el nombre del señor,
cimentados en un amor santo y santificado por la intervención
del Espíritu Santo.
No ignoro
que hoy muchos de los cristianos que se casan sacramentalmente
vienen al matrimonio sin unos planteamientos de fe claros y operantes.
Los hay que se casan por la Iglesia movidos solamente o al menos
predominantemente por razones externas, de apariencia o de conveniencia.
Los hay que quieren casarse por la Iglesia porque tienen una cierta
sensibilidad religiosa aunque no sea muy claramente cristiana
y eclesial. Son minoría los que celebran su matrimonio
dispuestos a vivirlo como una verdadera vocación, como
un camino hacia la perfección en la humanidad y en la vida
sobrenatural movidos y guiados por el amor sobrenatural.
De todos
ellos son muy pocos los que de verdad están dispuestos
a vivir su vida esponsal y familiar de acuerdo con las enseñanzas
del Evangelio tal como las entiende y las propone la santa Madre
Iglesia, en el terreno de la espiritualidad y de la moral conyugal.
Los signos
de los tiempos nos están pidiendo, mejor dicho, Dios mismo,
a través de estos signos elocuentes de los tiempos, nos
está pidiendo a los cristianos actuales, pastorales y fieles
que seamos capaces de hacer normal en la Iglesia lo que ahora
es excesivamente minoritario y extraordinario. Ahora es normal
la frialdad espiritual, son normales las parejas que llegan al
matrimonio cristiano con un mínimo de disposiciones religiosas,
es normal que en las bodas se cuide más la celebración
social que la religiosa, el esplendor externo que las disposiciones
interiores, el boato del cortejo que el fervor de las oraciones,
la abundancia del banquete que el fervor espiritual y la intensidad
de los sentimientos religiosos.
Pues bien,
nosotros tenemos que trabajar con toda el alma para conseguir
que en nuestra Iglesia sea lo normal el casarse de verdad en la
presencia de Dios, que los esposos se quieran y se acepten mutuamente
con un amor santificado y transformado por el amor de Jesucristo,
un amor fiel, sacrificado, generoso, más fuerte que la
muerte, capaz de multiplicar la vida y de guiar a los hijos por
el camino de la fe y de la vida justa, honesta, santa y feliz
de los hijos de Dios. Todo lo demás es decadencia, infidelidad,
tristeza, desesperanza y sufrimiento.
Comentarios,
favor de enviarlos a: meritxellsabate@hotmail.com
Vuestra hermana.
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