"EL
ENIGMA DEL DOLOR"
El
escándalo del universo no es el sufrimiento sino la libertad.
Georges Bernanos
¿Quién es el culpable del dolor?
El dolor
es una realidad que nos encontramos por todas partes. Que afecta
a unos y a otros, a los buenos y a los malos, a los menos buenos
y a los menos malos.
Pero
Dios podría haber creado el mundo de otra manera, y que
todos fuéramos buenos, y nadie tuviera la posibilidad de
hacer el mal.
Supongo que
comprenderás que eso es bastante poco compatible con la
libertad humana. Si el hombre es un ser libre, hay que contar
con la posibilidad de que emplee mal esa libertad, y de que exista,
por tanto, el mal en el mundo.
Pero
Dios sabe lo que va a pasar, antes de que suceda. Si ya lo tiene
previsto, no somos entonces muy libres.
Una cosa
es el conocimiento de algo que va a suceder y otra es la responsabilidad
de hacerlo. Si yo me asomo a la calle y veo a una persona tirar
a otra por la ventana de un quinto piso, sé que se estampará
contra la acera, pero saberlo no quiere decir que yo sea el responsable.
Dios tampoco. Lo será, en todo caso, el que le haya empujado.
Y si veo
en diferido un partido de fútbol previamente grabado en
vídeo, por el hecho de saber cuál es el resultado
final del encuentro no quito a los jugadores la libertad de jugar
al fútbol tranquilamente. Algo semejante sucede cuando
decimos que Dios sabe lo que va a pasar. No por eso coarta nuestra
libertad.
Pero
si Dios es omnipotente, ¿no podría haber hecho compatible
la libertad con un mundo bueno? ¿No es capaz Dios de hacer
cualquier cosa?
Ser omnipotente
significa tener poder para realizar todo aquello que sea intrínsecamente
posible. Pero ya sabes que no todo es intrínsecamente posible.
Dios puede
sin ninguna dificultad hacer milagros, pero no puede hacer disparates.
Y esto no
es imponer límites a su poder. Para demostrar que todas
las cosas son posibles para Dios, no podemos pretender que haga
algo que es intrínsecamente contradictorio (que un círculo
fuera cuadrado, por ejemplo). Porque eso, si fuera posible hacerlo
que no lo es, no demostraría ninguna potencialidad.
Quizá
podríamos imaginar un mundo te respondo glosando
ideas de C. S. Lewis en el que Dios corrigiese a cada momento
los resultados de los abusos de la libertad de los hombres, obligando
a que todos sus actos fueran "buenos" en el sentido
que tú dices.
Entonces,
el palo tendría que volverse blando cuando quisiera usarse
para golpear a alguien. El cañón de la escopeta
se haría un nudo cuando fuera a ser utilizada para el mal.
El aire se negaría a transportar las ondas sonoras de la
mentira. Los malos pensamientos del malhechor quedarían
anulados porque la masa cerebral se negaría a cumplir su
función durante ese tiempo. Y así sucesivamente.
Comprenderás
que si Dios tuviera que evitar cada uno de esos actos malos, este
mundo sería algo realmente grotesco. Desde luego, toda
la materia situada en las proximidades de una persona malvada
estaría sujeta a impredecibles alteraciones, sería
un auténtico show.
Se harían
imposibles los actos malos, es verdad, pero la libertad humana
quedaría anulada. Dios puede modificar las leyes de la
naturaleza y producir milagros y de hecho a veces lo hace,
y eso es algo ciertamente razonable, pero el concepto de mundo
normal exige que tales milagros sean algo poco habitual.
Podemos compararlo
a una partida de ajedrez. Puedes, si quieres, hacer algunas concesiones
a tu adversario inexperto sin alterar mucho el juego. Puedes darle
ventaja cediendo unas piezas al comienzo. Puedes incluso dejarle
rectificar un error en algún movimiento. Pero si le concedes
todo lo que le conviene todas las veces, si le dejas rectificar
y volver atrás en todas las jugadas, entonces..., entonces
no estás jugando al ajedrez. Sería otra cosa distinta.
Pues algo
así ocurre con la vida de los hombres en este mundo. Si
tratas de excluir la posibilidad del mal y del sufrimiento, te
encontrarías con que has excluido la libertad misma. Si
intentáramos ir corrigiendo a cada momento la Creación,
como si este o aquel elemento pudiesen ser eliminados, cada vez
nos daríamos más cuenta de que no es posible lograrlo
sin desnaturalizarla. El devenir del mundo trae consigo, junto
con la aparición de ciertos seres, la desaparición
de otros; junto con lo más perfecto, lo menos perfecto;
junto con las construcciones de la naturaleza, también
las destrucciones; y junto con el bien existe también el
mal.
¿Por
qué el mal se ceba en los hombres buenos?
¿Y
no podría Dios, al menos, hacer que las desgracias afectaran
menos a los hombres buenos? A veces parece como si se ensañaran
con quienes menos las merecen.
Entonces,
cuando hubiera un accidente, Dios tendría que enviar un
ángel para poner a salvo de forma extraordinaria a los
viajeros virtuosos.
Y si una
helada destruyera una cosecha, otro ángel tendría
que ir para proteger las parcelas del hombre bueno para que así
no le afectaran los fríos.
Y si se tratara
de una inundación, entonces tendría que contener
las aguas, como en el paso del Mar Rojo, antes de que destruyeran
la vivienda de la familia honrada. Y volveríamos a lo mismo
de antes.
El mundo
está sometido a ciertas leyes generales que Dios no suspende
sino de vez en cuando, y esas leyes, por lo general, afectan sin
distinción a todos. Ya sabemos que lo que va bien a los
corderos, va mal a los lobos, y viceversa. Pero no sería
sensato que unos u otros exigieran a Dios milagros continuos que
perturbasen incesantemente el orden regular del universo.
Pero
entonces parece que los hombres buenos siempre salen perdiendo,
porque se privan de las ventajas ilícitas que tienen los
malos, y en cambio sufren igual que ellos las desgracias naturales.
Pero, a pesar
de todo, los hombres virtuosos son mucho más felices, aun
en la tierra, que los viciosos y malvados. Quien se desvía
de la moral, obtiene quizá una satisfacción inmediata,
pero es siempre una felicidad efímera, cimentada sobre
el egoísmo, y que va poco a poco labrando su propia ruina.
Y una ruina que no vendrá solo en la otra vida, sino también
ya en esta.
Pues
a veces se ve a los pecadores bastante felices. Al menos, eso
aparentan. No parece que siempre sea tan cierto aquello de que
el mal produce tristeza y el bien alegría.
Es cierto,
pero hay que matizarlo un poco. A veces, efectivamente, nos da
la impresión de que es al revés señala
José Luis Martín Descalzo, porque no siempre
vemos tristes a los pecadores, sino que casi parecen más
bien rebosar de satisfacción, como si hubieran encontrado
su plenitud en el ejercicio del mal. Vemos que la apuesta humana
por el bien lleva a la alegría, pero más bien a
largo plazo, cuando se ha conseguido una cierta madurez en el
alma. Lo vemos como una idea profundamente cierta, pero paradójica
y a veces casi insoportable. Porque el hombre honrado sufre. Y
en alguna ocasión podemos incluso sentir algo parecido
a envidia de esos personajes inmorales que parecen los triunfadores
de este mundo. Pero no debemos engañarnos.
A veces,
el hombre parece poder convivir sin problemas con el mal, pero
no es así.
Tarde o temprano
advierte que el mal ha entrado muy hondo en él, y que se
ha hecho fuerte ahí dentro. Quizá se ha afincado
en una zona muy íntima de su ser, y su corrupción
no se percibe con claridad desde fuera, pero sin duda está
allí.
El bien resulta
costoso en términos de esfuerzo, pero es una buena inversión.
El mal, en cambio, se compra muy barato. Incluso es agradable
en la superficie del alma. Pero, antes o después, acaba
por hipotecar la vida.
La apuesta
humana por el mal, aunque sea una apuesta pequeña, viene
siempre acompañada de toda una amalgama de sinsabores,
de pesares inconfesables y vergonzantes. ¿Qué idea
podemos formarnos de la felicidad de esos hombres, que estarán
rendidos por sus propios sufrimientos interiores, por su vida
llena de temores y sobresaltos, de recelos, de tortuosidades,
de ambiciones que se alimentan de intrigas y de bajezas?
La dicha
está en el corazón, y va unida al bien. Por eso,
quien deja anidar al mal en su corazón, será una
persona infeliz, sean cuales fueren las apariencias de éxito
y ventura de las que se encuentre rodeado.
El vicio
introduce siempre un trastorno de la armonía del hombre,
aunque en su inicio parezca quizá inocuo.
El vicio
somete a su vasallaje a la razón y la voluntad. Y cuando
lo ha conseguido, atormenta a su pobre sometido con el pensamiento
de la muerte, donde no espera ni puede esperar ningún consuelo,
y donde teme encontrar el castigo de sus desórdenes.
Es cierto
que las claudicaciones morales pueden proporcionarnos placer,
dinero, poder, o muchas otras cosas. Pero el coste humano que
debe pagarse en la propia carne es siempre muy alto. Al abrir
las puertas del alma al mal, lo que este nos otorga ya no nos
pertenecerá, pues seremos esclavos de aquello a lo que
nos entregamos.
¿Por
qué Dios no nos ha hecho mejores?
Hay
mucha gente que dice que no logra entender por qué Dios
consiente que tantos inocentes sufran. Que por qué media
humanidad pasa hambre. Que por qué Dios no arregla este
mundo, y que por qué no lo hace de una vez, ya.
No parece
serio echar a Dios la culpa de todo lo que se nos antoja que no
va bien en este mundo. "Son los hombres decía
C. S. Lewis, y no Dios, quienes han producido los instrumentos
de tortura, los látigos, las prisiones, la esclavitud,
los cañones, las bayonetas y las bombas. Debido a la avaricia
o a la estupidez humana, y no a causa de la mezquindad de la naturaleza,
sufrimos pobreza y agotador trabajo".
En muchas
de esas quejas que lanzan algunas gentes contra Dios, hay una
lamentable confusión. Consideran a Dios como un extraño
personaje al que cargan con la obligación de resolver todo
lo que los hombres hemos hecho mal, y, si es posible, incluso
antes de que lo hubiéramos hecho. Es como una rebelión
ingenua ante la existencia del mal, una negativa a aceptar la
libertad humana. Y, como consecuencia de ambas cosas, un cómodo
echar a Dios culpas que son solo nuestras.
En vez de
sentirse avergonzados, por ejemplo, por no hacer casi nada por
los millones de personas que cada año mueren de hambre,
se contentan es bastante cómodo, realmente
con echar a Dios la culpa de lo que, en gran medida, no es otra
cosa que una gran falta de solidaridad de quienes poblamos el
mundo desarrollado. ¿Tendremos que pasarnos la vida se
preguntaba Martín Descalzo exigiendo a Dios que baje
a tapar los agujeros que a diario producen nuestras injusticias?
Cuando tendríamos que preocuparnos de resolver esa asombrosa
situación por la que unos no logran dar salida a sus excedentes
alimentarios mientras que otros se mueren de inanición,
y cuando parece que la mitad de la humanidad pasa hambre y la
otra mitad está con un régimen bajo en calorías
para adelgazar, es una pena que lo único que se les ocurra
en vez de trabajar más, o ser más solidarios,
de una forma o de otra sea echar en cara a Dios que el mundo
(en el que suelen olvidar incluirse, curiosamente) es horrible.
No somos
simples accidentes de la bioquímica o de la historia, a
la deriva en el cosmos. Podemos, como hombres y mujeres con responsabilidad
moral, convertirnos en protagonistas, no en meros objetos o víctimas
del drama de la vida.
¿Pero
cómo es que permite tanta persistencia nuestra en el mal?
¿Por qué Dios no nos cambia, y nos hace efectivamente
más solidarios?
La bondad
humana es el resultado libre del esfuerzo de quien, pudiendo ser
malo, no lo es. Y Dios ha dado al hombre un infinito potencial
de bondad, pero también ha respetado la libertad de ese
hombre como hace, por ejemplo, cualquier padre sensato al
educar a su hijo, y ha aceptado el riesgo de nuestra equivocación.
No es muy
serio decir que Dios tiene que cambiarnos, cuando cambiar es el
primero de nuestros deberes. Si Dios nos hubiera hecho incapaces
de ser malos, ya no seríamos buenos en absoluto, puesto
que seríamos marionetas obligadas a la bondad.
Pero
se ven tantos errores en el mundo, tantas calamidades, tanto egoísmo,
tantas lamentables aberraciones y tan difíciles de explicar...
La respuesta
cristiana a esto es clara: los desequilibrios que fatigan al mundo
están conectados con ese otro desequilibrio fundamental
que hunde sus raíces en el corazón humano, que sumerge
en tinieblas el entendimiento y lleva a la corrupción de
la voluntad. Esta es la clave para descifrar el enigma.
El verdadero
mal proviene del interior del hombre, radica en una escisión
que tiene su origen en el pecado. Igual que hay una experiencia
clara de la existencia de la libertad, la hay también de
que la libertad está herida, así como del mal que
el hombre puede ser capaz de hacer.
Las situaciones
de injusticia social proceden de la acumulación de injusticias
personales de quienes la favorecen, o de quienes pudiendo evitar
o limitar ciertos males sociales, no lo hacen.
Los que se
eximen de culpa personal para pasársela toda a las estructuras
del mal, niegan al hombre su capacidad de culpa, y niegan por
tanto su libertad y su responsabilidad personales, y disminuyen
su propia dignidad. Los verdaderos creyentes, en cambio, se sienten
responsables. Y cuanto más acentuado sea el sentido de
responsabilidad de una persona, tanto menos buscará excusas
y tanto más se examinará a sí mismo sin
absurdos complejos de culpabilidad, para mejorar él
y ayudar a mejorar a los que le rodean.
Pero
arreglar un poco este mundo se ve como una labor muy a largo plazo,
con un final lejano...
Si algo resulta
muy necesario, y además tardará en llegar, es entonces
también muy urgente. Como dijo aquel mariscal francés
al tomar posesión de su cargo: si estos árboles
van a tardar veinte años en dar sombra, hay que plantarlos
hoy mismo.
Por: Alfonso
Aguilo
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