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artículos
junio
de 2001
"Melodía
litúrgica"
Hoy
en día, podemos darnos cuenta que nuestro mundo está
totalmente bombardeado de música; notorio es, que en nuestra
sociedad ya a temprana edad, los niños cuentan con una
gran gama de música en sus diversas modalidades, y esto
por su parte envuelve todos los ámbitos en los que un individuo
pueda desarrollar, es decir, desde su intimidad, su familia, el
colegio, hasta la religión que profese. Es por ello que
nos enfocaremos en una de las ramas derivadas de la religión.
Debido
a la gran revolución que ha tenido la Iglesia respecto
a la música que día a día va incursionando,
es preciso inclinarnos hacia esta misma con la finalidad de comprender
cómo , cuándo y dónde se debe de explotar
éste elemento e incluso saber también en qué
momento deberá de ser utilizado con suavidad y discreción,
sobre todo en el aspecto litúrgico, del cual hablaremos
a continuación.
Como
sabemos la liturgia o mejor conocida como "misa", encierra
en sí misma, desde sus orígenes a la música,
como en el caso de la corriente Gregoriana, conjugada esta a su
vez con la gran variación de música que evoluciona
rápidamente, existente en el gusto de los humanos y conforme
a ello la toman para expresar su estado de adoración a
la divinidad. Pero en sí, cómo podría expresar
una relación con Dios en estos días el hombre, de
una forma particular o en comunidad dentro de la celebración
litúrgica.
Pues
bien, basados en el artículo 116 de la Constitución
de la Liturgia, que nos da la apertura, a todo fiel para tener
una participación activa durante la liturgia. Es importante
que sepamos cómo y qué música colocar en
las diversas fases de la liturgia, logrando así una melodiosa
celebración, que proclame la Buena Nueva del Evangelio,
para formar una unidad con la palabra y con el objeto de una interpretación
apropiada al par de una convivencia con la palabra Divina, buscando
que el canto expresar en su totalidad la fe de la Iglesia.
Para
lograr la expresión total de la música en la liturgia,
es indispensable tomar en cuenta que no sólo quien dirige
es partícipe e interprete de la melodía que la liturgia
debe llevar, sino que también la comunidad es la que interviene
para que sea realizada en su plenitud y todos ejerzan un verdadero
ministerio litúrgico.
Por
lo tanto se debe saber, con precisión, qué cantos
y con qué ritmo se deben llevar conforme a su compatibilidad
en cada una de las fases que trae consigo la liturgia, pues no
es la misma melodía la que lleva un "señor
ten piedad" que un "gloria a Dios".
En
éste caso es necesario que los responsables de la música
litúrgica, brinden un apoyo profesional y de calidad conforme
a sus posibilidades sin dejar a un lado el esfuerzo, ya que éste
queda ampliamente reflejado y logra ser motivante para la comunidad
quien a su vez apoyará y dará lo mejor de sí,
bajo el impulso lo agradable para sus sentidos y pueda lograrse
que la liturgia se entienda como una "fiesta", considerando
también que la liturgia es el punto culminante de la vida
de la Iglesia.
Lo anterior llevará al hombre a su máxima expresión,
pues es, que bajo su estimulantes se refleja el punto más
alto de reacción de un individuo, ante una situación
como tal, que por consiguiente guía paso a paso a hacer
de la convivencia con Dios un "verdadero arte".
Ahora bien, esto implica una perfección de la música,
que lleva de la mano a una mejora, no sólo de las notas
o de las estrofas, sino que incluye en sí, la estructura
del coro y de igual forma en un aspecto doctrinal a conciencia,
que ayude a llevar en concordancia, la integración de la
música como una obra de arte total en la atmósfera
litúrgica; lo que logrará por su parte que la música
ya no sea considerada como un adorno o un elemento decorativo
del que es posible prescindir, sino que se vuelva un acto verdaderamente
litúrgico e indispensable del todo.
*Tomado
de "Ser"
Prod. Dynamis. 1994
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