CRISTOMANIA
 
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artículos
enero de 2001

"Liturgia celeste y Liturgia terrestre"

En la Constitución Conciliar un breve pero importante artículo (el n° 8) sintetizaba la dimensión escatológica de la liturgia en dos niveles: uno de participación actual, de comunión entre el tiempo y la eternidad: ya ("pregustamos", "tomamos parte"). El otro, de mirada futura, de estremecimiento en la esperanza, de peregrinación: pero todavía no ("nos dirigimos", "aguardamos"). El texto de Concilio, ha sido literalmente retomado en el Catecismo de la Iglesia Católica, sugestivamente concluyendo la exposición sobre la obra de Cristo en la Liturgia. (Catecismo n° 1090. En adelante citamos solamente el número)

La liturgia terrestre es, pues, anticipación. Anuncia de antemano lo que ha de venir, apunta hacia el futuro escatológico: "los signos sacramentales prefiguran y anticipan la gloria del cielo"; la Eucaristía "nos hace realmente Iglesia en la gloria del Reino"; el Espíritu Santo "nos hace realmente anticipar la comunión plena con la Trinidad Santa"; en el sacramento de la penitencia, "el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena... y no incurre en juicio".

Pero la liturgia terrestre es también participación actual, unión con la liturgia celestial: "en los sacramentos Cristo, la Iglesia recibe ya las arras de su herencia, participa ya en la vida eterna, aunque aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo (Tit. 2, 12)". Las imágenes de los santos que adoran nuestros templos "manifiestan 'la nube de testigos' (Hb 12, 1) que continúan participando en la salvación del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental". "Por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna...". "A la ofrenda de Cristo se unen no solo los miembros que están todavía abajo, sino también los que están ya en la gloria del cielo".

P
ero hay más: la liturgia no es solamente anticipación ni solamente participación. Mirando las cosas "desde arriba" podemos afirmar que no es el hombre quien pone su cabeza en el cielo sino que es el cielo que irrumpe poderosamente en la historia para que él hombre pueda asociarse: "La economía de la salvación actúa en el marco del tiempo, pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la efusión del Espíritu Santo, el fin de la historia es anticipado, como pregustado, y el Reino de Dios irrumpe en el tiempo de la humanidad"

Esta visión grandiosa, particularmente importante y sorprendente, introduce la enseñanza del Catecismo sobre la celebración litúrgica, precisamente al responder a la pregunta sobre el sujeto de la misma: ¿Quién celebra? La respuesta es neta y profunda: "La liturgia es los que desde ahora la celebran, mas allá de los signos, participan ya de la liturgia del cielo, donde la celebración es enteramente Comunión y Fiesta"

Luego se enumeran los participantes de esta liturgia celestial: "las Potencias celestiales, toda la creación (los cuatro vivientes), los servidores de la Antigua y Nueva Alianza (los veinticuatro ancianos), el nuevo Pueblo de Dios (los ciento cuarenta y cuatro mil), en particular los mártires y la Santísima Madre de Dios (la mujer, la esposa del Cordero), finalmente".

Finalmente, la conclusión: es la liturgia eterna la que se hace presente en nuestras celebraciones: "en esta Liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Ministerio de la salvación en los sacramentos". (1139) ¿Hay aquí un nuevo punto de partida para la elaboración de la teología de la liturgia? Se sabe que el planteo teológico de la Mediator Dei fue criticado por partir "desde abajo", de una noción de culto natural elevado al orden sobrenatural. El Concilio ha privilegiado otro punto de partida: el plan salvífico desarrollado en la historia de la salvación que atraviesa diversas etapas. Podría decirse que se parte "desde atrás hacia delante". ¿No hay en estas indicaciones del Catecismo una invitación a partir "desde arriba", desde el cielo hacia la tierra? Obviamente, asumiendo la verdad de la Mediator Dei y de la Sacrosanctum Concilium. Una teología del culto que partiera desde la celebración celestial ¿no ayudaría a comprender tantos símbolos y textos que nos parecen inalcanzables o inactuales? En todo caso, en mi opinión, es la mejor manera de fundamentar el esplendor de la música litúrgica.

La Verdad de Cristo resplandece en su Cruz y en su Resurrección. Entonces brota la liturgia. Desde su Ascención, Cristo la celebra junto al Padre, eterna y vivificante, y la derrama sobre el mundo por la efusión de su Espíritu. Desde entonces, Jesús es el Viviente, el que da la Vida (cf. Jn 5). Ese poderoso torrente de Vida que brota de la humanidad de Cristo resucitado, he allí la Liturgia. En las celebraciones litúrgicas nosotros acogemos la Liturgia celeste y participamos en él, al encuentro de Aquél que viene. En la liturgia Él anticipa ahora esta venida que nos había prometido. La liturgia es parusia anticipada, es la irrupción del en nuestro (J: Ratzinger, Cantate al Signore un canto nuovo. Saggi di cistologia e liturgia, Milano 1996, p. 156) Pero el Señor Resucitado no está solo.

El Apocalipsis nos lo muestra circundado por una gran multitud de ángeles que cantan. Su canto es la expresión de una alegría que será anulada, el jubilo de la libertad que encontrado su plenitud. La música de la Iglesia no es un espectáculo unido a la liturgia sino que es liturgia, es decir, entrar a cantar en el coro de los ángeles y de los santos. Por eso debe ser distinta de la música que se destina a conducir hacia el éxtasis rítmico, el aturdimiento de los alucinógenos, la emoción sensual, la disolución del Yo en el Nirvana, para mencionar solamente algunas de las posibles actitudes. "El canto de la tierra es el de los peregrinos que van camino de su patria. En él resumen ya la alegría de la cuidad deseada, pero mezclada todavía con la súplica y la oración de petición, ya que el caminante se ve asediado con mil dificultades y peligros. Solamente cuando alcancemos la patria definitiva, entonces podremos ofrecer un canto puro de alabanza, sin tener que añadir a él la petición y la suplica" (San Agustín)

Monseñor Luis Alessio

cristomania10@hotmail.com



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